El consumidor de hoy en día es cada vez más exigente, tiene un acceso casi ilimitado a la información y su proceso de toma de decisiones es cada vez más consciente, habiendo incorporado al mismo criterios que hasta no hace tanto eran impensables. Uno de ellos, sin duda, es el cuidado por nuestro entorno. Elegimos prendas, alimentos o experiencias más sostenibles, respetuosas con nosotros mismos, pero también con lo que nos rodea.

Esto que estamos asumiendo de manera natural en nuestro día a día, sin lugar a duda tiene su reflejo en el ámbito empresarial o el de las Administraciones Públicas. Aunque también da la sensación de que estamos en una fase preliminar y que nos aguarda un futuro próximo, donde los criterios meramente económicos, que hasta ahora primaban en las adjudicaciones de contratos por parte de las Administraciones o grandes empresas, den paso a procesos donde el cuidado de nuestro entorno adquiera un peso mucho mayor, del mismo modo que lo han hecho aspectos como la Calidad o la Seguridad.

Por tanto, ya sea por concienciación real o por necesidad, las empresas deben saber posicionarse dentro del tablero del respeto por el mundo que nos rodea a fin de ser más competitivas. Ahora bien, ¿cómo se mide ese respeto por nuestro entorno? Lo que no se define no se puede medir. Lo que no se mide, no se puede mejorar. Lo que no se mejora, se degrada siempre.” Esto no lo decimos nosotros, lo dijo el físico y matemático británico William Thomsom Kelvin (Lord Kelvin) y creemos que no le faltaba razón.



Se antoja fundamental establecer parámetros y métodos de comparación que permitan premiar las actitudes responsables por parte de las empresas de cara al exterior, pero también de manera interna, a través de procesos de mejora que serán evaluados en sus Memorias no Financieras. Es aquí donde aparecen los indicadores de sostenibilidad ambiental, que son aquellos que permiten cuantificar el grado de responsabilidad y sostenibilidad, ya sea de países u organizaciones fruto de su actividad.

La existencia de estos indicadores no es algo nuevo, no en vano data de finales de la década de los 80 en Canadá y en algunos países europeos, si bien el impulso más importante tuvo lugar en la Cumbre de la Tierra, también llamada Conferencia de Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo (Río de Janeiro, junio 1992) con la creación de la Comisión de Desarrollo Sostenible. Es a partir de ese momento cuando los gobiernos realmente comienzan a asumir responsabilidades en relación con el control del progreso hacia un desarrollo respetuoso con el medio ambiente. Desde entonces arrancan las políticas públicas en ese sentido, que con el tiempo han ido descendiendo en su escala hasta ser necesariamente asumidas en el ámbito empresarial.

A estos indicadores se les exige una serie de características, como son:

  • Deben ser fácilmente manejables y comprensibles.
  • Tienen que evaluar datos fiables.
  • Establecen tendencias positivas o negativas.
  • Su coste debe estar aparejado con el objetivo buscado.
  • Deben ser específicos, no abiertos a diferentes interpretaciones.

Cabe citar algunos indicadores como la huella ecológica, la huella de carbono, la huella hídrica o el impacto social, si bien existen muchos más, más o menos adecuados según el ámbito de aplicación o la finalidad del estudio. En cualquier caso, más que lo que se mida en cada caso concreto, lo más relevante es concienciar de la necesidad de medir la responsabilidad ambiental y social.

A este respecto, la ley 11/2018 supone la integración en el ordenamiento jurídico de la Directiva europea 2014/95/UE en lo referido a la divulgación de la información no financiera y sobre diversidad. La ley establece el objetivo, entre otros, de incluir factores sociales y medioambientales en los informes de gestión que acompañan las cuentas anuales de las empresas, para aumentar así la confianza de inversores y consumidores. El origen de esta ley hay que buscarlo en el Real Decreto 18/2017, que afectaba a entidades de interés público, pero ahora el número de sociedades obligadas es mucho más amplio y será mayor aún en 2021. Entre el contenido de la información no financiera requerida figuran indicadores clave que han de cumplir con las Instrucciones de la Comisión Europea, así como los estándares del Global Reporting Initiative (GRI).



Está claro por tanto que ha llegado el momento en que las empresas rindan cuentas a través de distintas certificaciones ya existentes con relación a los indicadores comentados, si bien queda mucho por definir en cuanto a la certificación de cómo comunicar y con qué indicadores medir el impacto ambiental y social.

Como parte de este proceso de transformación al que estamos asistiendo, SURUS pretende dar un paso hacia la cuantificación del impacto positivo de sus proyectos, no sólo para su uso propio, sino, sobre todo, para poder ofrecerlo a sus clientes. Queremos que nuestro cliente sea consciente de la repercusión positiva que tiene en su entorno el hecho de encontrar una segunda vida para sus activos. Para ello, hemos hecho caso a Lord Kelvin, hemos decidido medir una serie de parámetros, con el firme propósito de ayudar a nuestros clientes a mejorar, puesto que lo que no se mejora, se degrada y si algo no estamos en condiciones de degradar es nuestro entorno.

Desde SURUS estamos ya en condiciones de cuantificar para nuestros clientes el impacto positivo generado por el hecho de que los activos gestionados a través de nosotros no acaben siendo residuos, sumado al efecto positivo por el hecho de que el receptor de esos bienes no tenga que acudir al mercado a adquirir activos nuevos que requerirían de la extracción de materias primas vírgenes y de procesos productivos contaminantes.

Para esto hemos podido desarrollado una herramienta que nos permite medir el impacto positivo de nuestros proyectos en términos de huella de carbono, huella hídrica, demanda de energía y DALYs (esperanza de vida).



Gracias a esta herramienta, emitimos un certificado de cada proyecto que llevamos a cabo en el que cuantificamos estos indicadores. Este certificado es perfectamente válido para las grandes empresas para completar sus informes de resultados no financieros y los departamentos de sostenibilidad han recibido esta nueva capacidad de Surus y el certificado de manera muy grata ya que proporcionamos datos mensurables, objetivos y certificados mediante la empresa certificadora Applus.



“Hacemos tangible lo intangible” es una de nuestras máximas y este nuevo servicio que incorporamos ya a todos nuestros proyectos es una prueba fehaciente de ello. Si quieres saber más sobre esta herramienta y el certificado, te invitamos a visitar este enlace.

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